Sobre la presencia y la belleza de las pequeñas cosas.
Vivimos en un mundo lleno de distracciones, especialmente desde que llevamos un móvil en el bolsillo en cada momento del día. Por no hablar de todo el tiempo que pasamos en nuestra mente, preocupándonos por aquello que sucedió hace dos veranos y que todavía no quedó internamente resuelto, o preocupados por aquello que todavía no llegó y que solo quizá suceda en el futuro. Y, si no, la lista interminable de “deberías” que nos vemos incapaces de priorizar o incluso de descartar de nuestra mente, porque flaco favor nos hacen.
Cada vez que me siento a escribir me entra cierto miedo. Cierto miedo a no ser capaz de poner en palabras aquello que deseo expresar. Y al final acabo por cerrar el documento con esa hoja en blanco o la libreta en la que, en lugar de escribir, solo he hecho algunos garabatos.
Es curioso cómo la hoja en blanco nos paraliza, pero hace poco leí que romper ese hielo es tan fácil como simplemente escribir lo que está sucediendo en este momento, así que aquí estoy, contándote mi miedo a enfrentarme al papel y hablar de lo que realmente deseo contar.
Pero yo no venía aquí a esto, venía a contarte el tema que se ha transformado en el hilo conductor de todas las experiencias y sesiones que he diseñado este mes: la presencia.
Vivimos en un mundo lleno de distracciones, especialmente desde que llevamos un móvil en el bolsillo en cada momento del día. Por no hablar de todo el tiempo que pasamos en nuestra mente, preocupándonos por aquello que sucedió hace dos veranos y que todavía no quedó internamente resuelto, o preocupados por aquello que todavía no llegó y que solo quizá suceda en el futuro. Y, si no, la lista interminable de “deberías” que nos vemos incapaces de priorizar o incluso de descartar de nuestra mente, porque flaco favor nos hacen.
Mientras tanto, nos perdemos aquello tan bello que está sucediendo en el aquí y ahora, porque sí, señores, llevo una hora preguntándome si tiene sentido o no sentarme a escribir esto, pero en ningún momento me he cuestionado la hora que he perdido haciendo scroll en Instagram mientras me tomaba mi té matcha esta mañana. Pero ese es otro tema y otra cosa de la que culparme y, al hacerlo, quizá seguir distrayéndome de la belleza de este momento.
Pues sí, aquí estoy sentada un jueves por la mañana, en la mesa del comedor, que es también, los días en los que trabajo desde casa, mi mesa de oficina. Mi agenda, estuche y cuadernos desperdigados por la mesa con la belleza de las cosas que dejas caer. La vela que he encendido esta mañana, cuando todavía estaba oscuro, todavía baila dentro de su recipiente de cristal y crea un ambiente cálido, casi poético.
La brisa, hoy más fresca de lo habitual, mueve las hojas de las strelitzias que tengo plantadas en la terraza. Los pájaros pasan volando por el cielo y un pequeño gorrión tira de las pequeñas hierbas que crecen entre los huecos de los adoquines de la terraza; parece que quiere preparar su nido y está recogiendo el material. Mientras, escucho mis dedos tecleando sobre el teclado sin parar y siento que no hay nada más bello en el mundo que este momento…
¿Y con esto qué pretendo? Pues desde luego no contarte que mi vida es perfecta, pero sí animarte a que levantes la cabeza o a que salgas de vez en cuando de ella y empieces a valorar la belleza de las pequeñas cosas. Porque sí, en cada instante, por fea que esté la cosa o por difícil que se haya puesto la vida para ti, existe belleza, existe calma, existe paz y existe pausa.
Supongo que por eso este mes todas las sesiones (Momentos Pausa) y experiencias (Las Pausas) que he diseñado hablan, de una forma u otra, de la presencia. De aprender a volver, aunque sea por un instante, al lugar en el que la vida realmente está sucediendo.